No sé si te pasa lo que a mí, pero este evangelio lo tengo asociado a la imagen postapocalíptica de un Papa renqueante subiendo las escaleras de la plaza de San Pedro hacia un baldaquino abandonado, anegado de luz amarilla en el entoldado. En la Via della Concilazione no había un alma, pero tampoco en las trattorias del Trastévere, ni en la serpenteante y deslucida Via Veneto. Era una hora perfectamente azul, pero pudiera ser cualquier hora del día, porque la vida estaba detenida, como una fotografía fijada con una chincheta al corcho de la habitación de los niños. Y allí, delante de tanta soledad, Francisco, como representando al último Papa de la historia, nos leyó el evangelio de la tempestad calmada. No sé tú, pero he vuelto mil veces a aquella homilía. Podrían ser perfectamente las palabras inaugurales de una nueva época, y estoy convencido de que de alguna manera lo fueron. Hasta las jornadas del COVID, cuando las pandemias eran los guiones mejor pagados de Hollywood, creíamos que la vida no llegaba consigo ningún límite y que podíamos gestionarla con nuestras propias herramientas. Pero nos habíamos equivocado. Todo podía ponerse del revés, e incluso regresar a una vida de cazadores/recolectores.
El espacio humano nos parecía hasta entonces el de la gran actividad, ser feliz se asemejaba a la desenvoltura frenética de quien nunca para. Aquella noche, sin embargo, nacía la posibilidad de una primera reflexión para la humanidad. El Papa nos había invitado a colocarnos juntos en la misma barca y a dejarnos en las manos de Dios. Gestar en el alma la posibilidad de la compañía diaria del Creador, es un proceso lento que se hace desde el silencio, la oración, no hay otro camino. Quizá por eso el milagro de la tempestad calmada sea el lugar teológico que usaron siempre los padres del desierto para iniciar la vida espiritual del cristiano. Es el principio interior de todos los prodigios con los que el Señor cura el alma y el cuerpo, el prototipo de los demás milagros. Si no se calman los vientos de las preocupaciones, la tempestad cotidiana, si todo eso que nos parece embravecido a nuestro alrededor no se aquieta, nos iremos ahogando por nuestros propios medios. ?Se puso en pie, increpó al viento y dijo: ¡enmudece!?, cesa, permanece en quietud. Es el Señor dirigiéndose a cada persona del planeta, ¡quieto!, ¡quieto!, déjate alcanzar por quien ha puesto la mano en el timón.
Hay un salmo que dice exactamente eso, ?permanece en silencio delante de Dios y espera en Él?, sin duda, una frase lapidaria con la que empezar la jornada diaria. Sin embargo, da la sensación que hemos vuelto a perdernos, como si alguien hubiera dado de nuevo los plomos, y los juguetes se hubieran puesto en marcha. Y así andamos todos, como pollos sin cabeza. Hoy mismo he saludado a una persona que no veía hacía tiempo, le he preguntado por su familia, ?mi hija bien, trabajando mucho, no tiene tiempo para nada, se pasa el día trabajando?. Me lo decía sin un solo rasgo de incomodidad en el rostro, y con aspecto placentero. No entiendo el placer de un padre que me cuenta que su hija se va desgastando como una cuerda en tensión. ¿Es ese su orgullo como progenitor?
Por eso, se nos hace urgente regresar a aquella homilía del Papa delante de las calles vacías del mundo.
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