La Cuaresma es un tiempo que nos invita a mirar más de cerca la cruz de Jesús, pero no como un símbolo de sufrimiento sin sentido, sino como el camino que nos lleva a la verdadera vida. Jesús no nos engaña ni nos promete un camino fácil: nos dice claramente que seguirlo implica negarnos a nosotros mismos y cargar nuestra cruz cada día.
Negarnos a nosotros mismos no significa despreciarnos o pensar que no valemos nada, sino aprender a salir de nuestro egoísmo, dejar de poner siempre nuestro ?yo? en el centro y abrirnos a los demás. Es renunciar a la comodidad de hacer solo lo que nos gusta y asumir el desafío del amor verdadero, ese que a veces cansa, exige y duele, pero que da frutos de vida.
Cargar con la cruz cada día es aceptar las pequeñas o grandes dificultades que la vida nos presenta y llevarlas con esperanza, sin huir ni quejarnos constantemente. Es el padre o la madre que, aunque estén agotados, siguen dando amor a sus hijos. Es el trabajador que, en medio de dificultades, sigue actuando con honradez. Es la persona que lucha por perdonar, aunque le cueste.
En esta Cuaresma, Jesús nos hace una pregunta clave: ¿qué estamos buscando en la vida? A veces creemos que lo más importante es ?ganar el mundo?: tener éxito, reconocimiento, comodidad. Pero, ¿de qué sirve todo eso si por dentro estamos vacíos? Jesús nos invita a vivir esta Cuaresma no como una simple tradición, sino como una oportunidad para revisar el rumbo de nuestra vida, soltar lo que nos aleja de Dios y atrevernos a seguirlo con un corazón más libre. Porque, al final, la verdadera vida no está en evitar la cruz, sino en abrazarla con amor, como hizo Jesús, confiando en que después de la cruz siempre llega la resurrección.
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