Comentario diario

La cruz de la que salen palomas

Normalmente la muerte pinta muy mal, a nadie le hace gracia ver cómo los nuestros se nos van de las manos. El padre, la abuela, el amigo, un día se nos mueren, y a nosotros se nos quedará una expresión de impotencia que durará lo que el luto mande. La muerte es sucia, cuando ocurre la escondemos, la llevamos abajo, al subsuelo, o aparte, a lugares destinados a la corrupción, fuera de la visión de los vivos. Pero como no podemos resignarnos a interpretar la vida como un mero preludio de la muerte, en todas las civilizaciones hay expresiones de imposibilidad de la aceptación de la muerte como final definitivo. Por eso muchos muertos han sido enterrados con sus pertenencias, por si en la otra vida pudieran serles de ayuda. Como del más allá nadie viene, nos da por fantasear. No creo que sea bueno jugar con las cosas del otro lado, porque donde no hay información la imaginación se envalentona. Recuerdo a una abuela gallega que en verano nos contaba a los chavales cuentos de muertos, visitas de quienes terminaron de vivir pero dijeron que volverían. A todos nos venía inmediatamente el miedo, pero no sabíamos qué fuerza nos impelía a volver a esta mujer para que no dejara de contarnos aquellas invenciones. Hoy el Señor habla en el Evangelio de la muerte, sin luto, sin estridencias, casi de puntillas. Dice que ?cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros?. ¿Qué definición es esta de morirse? ¿Morir no es algo más serio que preparar un viaje y elegir el hotel donde iremos? Así parece que lo cuenta el Señor. Para Él, morirse no es la calamidad que imaginamos. El Señor ve las cosas desde la Vida que lleva dentro de sí, por eso no puede entristecerse con lo que se nos viene encima tras el camino por este mundo. El autor del ábside de la Iglesia de san Clemente de Roma (uno de esos lugares imprescindibles de toda ruta cristiana), ofrece al espectador un calvario como no lo has visto en tu vida. En la muerte en la cruz de Cristo hay palomas, y de la base de la cruz nace una flor de acanto que se enrosca sobre sí misma y de la que nacen ciervos, delfines, pavos reales, pájaros, ovejas, cabras. ¿Qué es esto? Es como si la muerte fuera una puerta del paraíso, como si la muerte de Cristo trajera todo esto en vez de corrupción y dolor. El dolor es de este mundo, y a veces es muy grande. Como decía Virgilio en la ?Eneida?, ?el mundo tiene lágrimas, hay lágrimas en las cosas?. Ahora mismo hay familias enteras llorando a sus familiares caídos en ese puñado de guerras abiertas que no parecen terminarse nunca. Cuando el Señor se echa a llorar ante la tumba de Lázaro no lo hace porque se le va uno de sus grandes amigos (sería absurdo, está a punto de resucitarlo), sino por ese sufrimiento al que todos los seres humanos estamos encadenados de dolernos, agonizar, morir. Le duele nuestra vida a medias, por eso no quiere callarse la fuerza de su Vida y hace el milagro. Explicando este momento justamente anterior a la Resurrección de Lázaro, escribe el obispo noruego Eric Varden: ? lo que hace llorar a Cristo es la visión de la humanidad doliente. Sus lágrimas lo muestran afligido, indignado ante el escándalo del reinado de la muerte sobre seres hechos para la inmortalidad?. Está bien, el mundo es un ?valle de lagrimas?, pero está a la espera de ser salvado. De ahí las palomas de la cruz de San Clemente. Si quieres saber un poco del más allá, te aseguro que lo mejor es que te saques un vuelo barato a Roma, te pongas delante de este ábside y hables un rato con el Señor de la Vida.

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